La máxima del bisabuelo Chanca sobre mantener un perfil bajo y la humildad como protección es un testimonio vivo y exacto de la estrategia de supervivencia de los judeoconversos. Esa necesidad histórica de ocultamiento y prudencia explica la profunda falta de información que rodeó durante siglos al doctor Diego Álvarez Chanca, una de las mentes científicas más brillantes de su época. El temor legítimo a la represión inquisitorial obligaba a los intelectuales de origen judío a disimular su relevancia y sus pensamientos para salvaguardar sus vidas y las de sus familias.
Para romper con ese silencio impuesto por el miedo histórico, el pintor contemporáneo José Ignacio Igoa Chanca ha dedicado más de diez años de trabajo multidisciplinar a rescatar y visibilizar la memoria del médico real. A través de su obra artística en Irun e Hondarribia, ha intentado dar un rostro imaginado y fisonómico a este ilustre ancestro, del cual no se conservaban retratos coetáneos. El proyecto rinde tributo a un hombre que, a pesar de vivir bajo el asfixiante escrutinio de su tiempo por su origen judeoconverso, logró hitos fundamentales como ser el médico de cámara de los Reyes Católicos, curar al propio Cristóbal Colón en La Española y escribir la primera crónica médica, etnográfica y botánica del Nuevo Mundo en su famosa Carta a la Ciudad de Sevilla.
Es fascinante cómo la tradición oral de la familia Chanca conservó intacto el código de prudencia de los antepasados como un rasgo de identidad cultural y de cuidado mutuo.

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